viernes, 13 de julio de 2012

LA LEY DEL SIETE O LEY DE LAS OCTAVAS.



LA LEY DEL SIETE O LEY DE LAS OCTAVAS.

La primera ley fundamental del universo es la ley de las tres fuerzas, o de los tres principios, o como a menudo se le llama, la Ley del Tres.

De acuerdo con esta ley, toda acción, todo fenómeno, en todos los mundos sin excepción, es el resultado de una acción simultánea de tres fuerzas, la positiva, la negativa y la neutralizante.

La segunda ley fundamental del Universo es la ley del siete, o la ley de las octavas.

A fin de comprender la significación de esta ley, es necesario figurarse que el universo consiste de vibraciones.

Estas vibraciones se efectúan en todas las clases de materia, sea cual fuere su aspecto y su densidad, desde la más sutil hasta la más grosera; provienen de varias fuentes y prosiguen en varias direcciones, cruzándose entre sí, chocando, fortaleciéndose, debilitándose, deteniéndose unas a otras, y así sucesivamente.

Según las ideas corrientes, las vibraciones son continuas.

Esto significa que las vibraciones se toman usualmente como prosiguiendo ininterrumpidamente, ascendiendo o descendiendo, mientras continúa actuando la fuerza del impulso original y mientras vence la resistencia del medio en el cual ellas se desarrollan.

Cuando la fuerza del impulso se agota y la resistencia del medio se impone, las vibraciones, naturalmente, decaen y se detienen.

Pero hasta que llegue este momento, esto es, hasta el comienzo de su declinación natural, las vibraciones se desarrollan uniforme y gradualmente, y en la ausencia de toda resistencia, pueden aun prolongarse sin término.

De modo que una de las proposiciones fundamentales de la física contemporánea es la continuidad de vibraciones — aunque esto nunca ha sido formulado de una manera precisa, porque nunca ha sido objetado.

Es verdad, sin embargo, que las teorías más recientes comienzan a discutirla.

No obstante, la física contemporánea está aún muy lejos de una noción correcta sobre la naturaleza de las vibraciones o de lo que corresponde a nuestra concepción de vibraciones en el mundo real.

A este respecto, el punto de vista del conocimiento antiguo es opuesto al de la ciencia contemporánea, porque en la base de su comprensión de las vibraciones este conocimiento ubica el principio de la discontinuidad.

El principio de la discontinuidad de vibraciones significa que la característica necesaria y bien definida de todas las vibraciones en la naturaleza, ya sean ascendentes o descendentes, es la de desarrollarse no uniformemente sino con aceleraciones y retardaciones periódicas.

Este principio puede ser formulado aún más precisamente si decimos que la fuerza del impulso original en las vibraciones no actúa uniformemente sino, por así decirlo, se torna alternativamente más fuerte y más débil.

La fuerza del impulso actúa sin cambiar su naturaleza y las vibraciones se desarrollan en forma regular sólo por cierto tiempo que está determinado por la naturaleza del impulso, el medio, las condiciones circundantes y así sucesivamente.

Pero en cierto momento interviene una especie de modificación: las vibraciones, por así decirlo, dejan de obedecer a esta fuerza y durante un breve periodo se retardan, cambiando hasta un cierto punto de naturaleza o de dirección.

De esta manera, a partir de cierto momento, las progresiones ascendentes o descendentes de vibraciones se hacen más lentas.

Luego de esta retardación temporal en el ascenso o en el descenso, las vibraciones vuelven a tomar su curso anterior, y suben o bajan de nuevo regularmente hasta que una nueva detención se produce en su desarrollo.

Con relación a esto es importante reparar en que los períodos de acción uniforme de la inercia adquirida no son iguales y que los períodos de retardación de vibraciones no son simétricos.

Uno es más corto, el otro es más largo.

Para determinar estos periodos de retardación, o mejor dicho, las detenciones en el ascenso o descenso de vibraciones, se dividen las líneas de desarrollo de vibraciones en secciones correspondientes al doble o a la mitad del número de vibraciones en un lapso de tiempo dado.

Imaginemos una línea de vibraciones crecientes.

Considerémoslas en el momento en que su frecuencia es 1.000.

Al término de cierto tiempo, el número de vibraciones es el doble, llega a 2.000.

Se ha establecido que en ese intervalo, entre el número dado de vibraciones y un número dos veces más grande, hay dos sitios donde se produce una retardación en la progresión de vibraciones.

El uno está a una pequeña distancia del punto de partida, el otro casi al final.

Las leyes que determinan la retardación de vibraciones o su desviación de la primera dirección eran bien conocidas por la ciencia antigua.

Estas leyes estaban debidamente incorporadas en una fórmula o un diagrama que se ha conservado hasta nuestros días.

En esta fórmula, el período a cuyo comienzo se doblan las vibraciones, estaba dividido en ocho escalones desiguales, correspondientes al grado de progresión de vibraciones.

El octavo escalón es la repetición del primero, con el doble de vibraciones.

Este período, es decir la línea de desarrollo de vibraciones, medido a partir de un número dado de vibraciones hasta el momento en que ese número se duplica, se llama octava, es decir, compuesto de ocho partes.

El principio de dividir en ocho intervalos desiguales el proceso, durante el cual las vibraciones se doblan, está basado en el estudio de la progresión no uniforme de las vibraciones en toda la octava.

Los diversos escalones de la octava muestran la aceleración y la retardación de su desarrollo en diferentes momentos.

Bajo el velo de esta fórmula, la idea de octava se ha transmitido de maestro a discípulo, de una escuela a otra.

En tiempos muy remotos una de estas escuelas descubrió la posibilidad de aplicar esta fórmula a la música.

Fue así cómo se obtuvo la escala musical de siete tonos que fue conocida desde la más remota antigüedad, después olvidada y reencontrada o «descubierta» de nuevo.

La escala de siete tonos es una fórmula de ley cósmica que fue elaborada por antiguas escuelas y aplicada a la música.

Sin embargo, si estudiamos las manifestaciones de la ley de las octavas en otras clases de vibraciones, veremos que las leyes son en todas partes las mismas.

La luz, el calor, Las vibraciones químicas, magnéticas y otras, están sometidas a las mismas leyes que las vibraciones sonoras; por ejemplo: la gama luminosa conocida en la física; en química el sistema periódico de los elementos, que sin duda alguna está estrechamente ligado al principio de octava, aunque esta correspondencia todavía no haya sido plenamente elucidada por la ciencia.

El estudio de la estructura de la escala musical ofrece una base excelente para la comprensión de la ley cósmica de octava.

Tomemos una vez más la octava ascendente, es decir la octava en la que la frecuencia de vibraciones se acrecienta.

Supongamos que esta octava comience con 1.000 vibraciones por segundo.

Designemos estas 1.000 vibraciones con la nota do.

Las vibraciones se acrecientan, su frecuencia aumenta.

El punto en que la frecuencia alcanza 2.000 vibraciones por segundo, será el segundo do, es decir el do de la octava siguiente:

El período entre un do y el do siguiente, o sea una octava, está dividido en siete partes desiguales, porque la frecuencia de las vibraciones no aumenta uniformemente.

La razón de la frecuencia de vibraciones de las diferentes notas o de su elevación, se establecerá como sigue:

Si tomamos do como 1, re será 9/8, mi 5/4, fa 4/3, sol 3/2, la 5/3, si 15/8, y el próximo do será 2.

La diferencia en la aceleración de las vibraciones, o progresión ascendente de las notas, o diferencia de tono, será la siguiente:

Las diferencias entre las notas o las diferencias de altura de las notas se llaman intervalos.

Vemos que hay tres clases de intervalos en la octava: 9/8, 10/9 y 16/15, lo que en números enteros da: 405, 400 y 384.

El intervalo más pequeño: 16/15, se encuentra entre mi y fa y entre si y do.

Estos son precisamente los dos sitios de retardación en la octava.

En la escala musical de siete tonos, se considera teóricamente que hay dos semitonos entre dos notas sucesivas, excepto los intervalos mi -fa y si - do, que tienen un solo semitono y en los cuales se considera como faltante el segundo semitono.

De esta manera se obtienen veinte notas, de las cuales ocho son fundamentales: do, re, mi, fa, sol, la, si, do; y doce intermedios: dos entre cada una de los siguientes pares de notas: y uno entre los dos pares de notas siguientes:

Pero en la práctica de la música en lugar de doce notas intermedias sólo se mantienen cinco, es decir un semitono entre: "Entre mi y fa y entre si y do, falta el semitono.

De esta manera la estructura de la escala musical da un esquema de la ley cósmica de los intervalos o de los semitonos faltantes.

Decimos además que cuando se habla de las octavas en un sentido «cósmico» o «mecánico», sólo se llama intervalo a los intervalos mi - fa y si - do.

Si comprendemos todo su sentido, la ley de las octavas nos da una nueva explicación de toda la vida, del progreso y del desarrollo de los fenómenos sobre todos los planos del universo, dentro del campo de nuestra observación.

Esta ley explica por qué en la naturaleza no hay líneas rectas, y también por qué no podemos ni pensar ni hacer, porque todo en nosotros se piensa, porque todo en nosotros sucede, y sucede en general de una manera contraria a la que deseamos o esperamos.

Todo esto es manifiestamente el efecto inmediato de los intervalos o de la retardación en el desarrollo de las vibraciones.

¿Qué sucede precisamente en el momento de la retardación de las vibraciones?

Ocurre una desviación, ya no se sigue la dirección original.

La octava comienza en la dirección indicada por la flecha:

Pero entre mi y fa toma lugar una desviación; la línea comenzada en do cambia de dirección: y entre fa, sol, la y si desciende haciendo cierto ángulo con la dirección original indicada por las tres primeras notas.

Entre si y do se encuentra el segundo intervalo; una nueva desviación, otro cambio de dirección:

En cada octava la desviación es más acentuada, de manera que la línea de las octavas llega a formar un semicírculo y va en una dirección opuesta a la dirección original.

En su desarrollo ulterior, la línea de octavas, o la línea de desarrollo de vibraciones pueden volver a su primera dirección -en otras palabras, formar un círculo completo.

Esta ley demuestra por qué nunca nada en nuestras actividades va en línea recta, porque al comenzar una cosa, en seguida hacemos otra totalmente diferente, que a menudo es todo lo contrario de la primera, aunque no nos demos cuenta y continuemos pensando que seguimos siempre la misma línea.

Todos estos hechos y muchos otros más, no pueden explicarse sino por la ley de las octavas y especialmente por una comprensión clara del papel y el significado de los intervalos que obligan constantemente a la línea de desarrollo de fuerzas a modificar su dirección, a quebrarla, a curvarla, a tornarla en su «propio contrario» y así sucesivamente.

Las cosas ocurren siempre así y estos cambios de dirección los podemos comprobar por todos lados.

Después de cierto período de actividad enérgica, de emoción intensa o de comprensión justa, interviene una reacción, el trabajo llega a ser aburrido y cansador, momentos de fatiga y de indiferencia atraviesan el sentimiento, en lugar de pensar rectamente se buscan compromisos, se suprimen o se descartan los problemas difíciles.

Pero la línea continúa desarrollándose aunque ya no en la misma dirección que al comienzo.

El trabajo se hace mecánico, y el sentimiento, más y más débil, baja el nivel de los acontecimientos de la vida ordinaria.

El pensamiento llega a ser dogmático, literal.

Todo prosigue así durante un cierto tiempo, luego hay de nuevo una reacción, una detención, una desviación.

El desarrollo de la fuerza puede continuarse aún, pero el trabajo que se había comenzado con ardor y en medio del entusiasmo, se ha tornado en una formalidad obligatoria e inútil; han entrado al sentimiento numerosos elementos que le son foráneos: consideración interior, molestia, irritación, hostilidad; el pensamiento da vueltas en círculo repitiendo lo que ya sabe y uno se desvía más y más.

El mismo fenómeno se repite en todas las esferas de la actividad humana.

En la literatura, la ciencia, el arte, la filosofía, la religión, en la vida individual y sobre todo en la vida social y política, podemos observar cómo la línea de desarrollo de fuerzas se desvía de su dirección original y al cabo de cierto tiempo va en una dirección diametralmente OPUESTA, aconsejando aún su primer nombre.

El estudio de la historia, emprendido desde este punto de vista, hace resaltar los hechos más sorprendentes, pero la «humanidad mecánica» no quiere tenerlos en cuenta.

Quizá los ejemplos más obvios de tales cambios de dirección se pueden encontrar en la historia de las religiones, particularmente en la historia de la religión cristiana, si se la estudia sin pasión.

Piensen ustedes cuántas vueltas habrá tenido que dar la línea de desarrollo de fuerzas para pasar de las predicaciones de amor del Evangelio hasta la inquisición; o del ascetismo de los primeros siglos, cuando se estudiaba el cristianismo esotérico, a la escolástica que calculaba el número de ángeles que podían sostenerse sobre la punta de una aguja.

La ley de las octavas explica muchos fenómenos de nuestra vida, que sin ella permanecerían incomprensibles.

El primero es el de la desviación de fuerzas.

Luego viene el hecho de que nada en el mundo permanece en el mismo lugar, o sigue siendo lo que originalmente fue; todo se mueve, todo se desplaza, cambia, e inevitablemente sube o desciende, se refuerza o se debilita, se desarrolla o degenera, es decir, se mueve sobre una línea de octava, ya sea ascendente o descendente.

El tercer punto se refiere a que en el desarrollo mismo de las octavas, ascendentes o descendentes, se producen continuamente fluctuaciones, altas y bajas.

Hasta ahora, hemos hablado sobre todo de la discontinuidad de vibraciones y de la desviación de fuerzas.

Ahora nos es preciso captar claramente otros dos principios: el de la inevitabilidad, ya sea del ascenso o del descenso, en toda línea de desarrollo de fuerzas y el de las fluctuaciones periódicas, es decir, los aumentos y disminuciones, en toda línea, ya sea ésta ascendente o descendente.

Nada puede desarrollarse mientras permanezca en el mismo nivel.

El ascenso o el descenso es la condición cósmica inevitable de toda acción.

No comprendemos y nunca vemos lo que pasa alrededor de nosotros y en nosotros, ya sea porque no tenemos en cuenta la inevitabilidad del descenso cuando no hay ascenso, o porque tomamos el descenso como un ascenso.

Estas son dos de las causas fundamentales de nuestras ilusiones sobre nosotros mismos.

No vemos la primera porque pensamos siempre que las cosas pueden permanecer largo tiempo sobre el mismo nivel, e ignoramos la segunda por no comprender que los ascensos son de hecho imposibles allí donde los vemos — tan imposibles como desarrollar la conciencia por medios mecánicos.

Una vez que hayamos aprendido a distinguir las octavas ascendentes y descendentes en la vida, tenemos que aprender a distinguir el ascenso y descenso dentro de las mismas octavas.

Podemos ver en cualquiera de los dominios de nuestra vida que consideremos, que ahí nada puede permanecer igual y constante; en todas partes y en todo, prosigue sin cesar la oscilación del péndulo, en todas partes y en todo las olas se elevan y vuelven a caer.

Nuestra energía aumenta de pronto en una u otra dirección, luego se  debilita asimismo rápidamente; nuestros estados de ánimo se  “mejoran” o se “empeoran” sin razón visible; nuestros sentimientos, deseos, intenciones, decisiones, todo pasa de trecho en trecho por periodos de ascenso y descenso, de fortalecimiento o debilitamiento.

Y quizás hay en el hombre un centenar de péndulos en movimiento, aquí y allá.

Estos ascensos y descensos, estas fluctuaciones de nuestros estados de ánimo, de nuestros pensamientos, sentimientos, de nuestra energía, de nuestras determinaciones, corresponden ya sea a los períodos de desarrollo de las fuerzas de un intervalo a otro, o a los intervalos mismos.

Esta ley de las octavas, en sus tres manifestaciones principales, condiciona numerosos fenómenos tanto de naturaleza psíquica como de naturaleza orgánica, es decir, ligados directamente a nuestra vida.

De la ley de la octava depende la imperfección y estrechez de nuestro saber en todos los campos sin excepción alguna, porque comenzamos en una dirección y en seguida, sin darnos cuenta, vamos siempre en otra.

Como ya lo he dicho, la ley de las octavas, en todas sus manifestaciones, era conocida por la ciencia antigua.

Aun nuestra división del tiempo, es decir, los días de la semana repartidos en seis días de trabajo y un domingo, está en relación con las propiedades y las condiciones interiores de nuestra actividad, que dependen de la ley general.

El mito bíblico de la creación del mundo en seis días, y un séptimo durante el cual Dios descansa de su trabajo, es igualmente una expresión de la ley de las octavas o un índice de esta ley, aunque incompleto.

Las observaciones basadas en una comprensión de la ley de las octavas muestran que las vibraciones pueden desarrollarse de diferentes maneras.

En las octavas interrumpidas, ellas surgen y caen, son arrastradas y engullidas por vibraciones más fuertes que las cortan o que van en una dirección contraria.

En las octavas que se desvían de la dirección original, las vibraciones cambian de naturaleza y dan resultados opuestos a aquellos que se hubieran podido esperar al comienzo.

No es sino en las octavas de orden cósmico, ascendente o descendente, donde las vibraciones se desarrollan de una manera consecuente y ordenada, conservando siempre la dirección tomada por ellas al comienzo.

Por otra parte, la observación muestra que el desarrollo de octavas correcto y constante, si bien raro, es posible en todas las ocasiones, tanto en la actividad de la naturaleza como en la actividad humana.

El desarrollo correcto de estas octavas está basado en lo que parece ser un accidente.

Sucede a veces que las octavas que progresan paralelamente a una octava dada, que la cruzan o que la encuentran, llenan sus intervalos de una u otra manera y permiten a las vibraciones de la octava dada evolucionar libremente y sin detenciones.

La observación de este desarrollo correcto de octavas establece el hecho de que si en el momento necesario, es decir en el momento de pasar por un intervalo, una octava dada recibe un “choque adicional” de fuerza y de carácter correspondientes, entonces continuará desarrollándose sin trabas, siguiendo su dirección original, sin perder ni cambiar nada de su naturaleza.

En tales casos, hay una diferencia esencial entre las octavas ascendentes y las descendentes.

En una octava ascendente, el primer «intervalo» se encuentra entre mi y fa.

Si una energía adicional correspondiente entra en este sitio, la octava se desarrollará sin dificultad hasta la nota si, pero para que se desarrolle correctamente es necesario entre si y do, un choque suplementario mucho más fuerte que entre mi y fa, porque en este sitio las vibraciones de la octava están en un diapasón mucho más elevado y se requiere una intensidad mucho mayor para evitar una detención en el desarrollo de la octava.

De otro lado, en una octava descendente, el intervalo mayor ocurre en el comienzo mismo de la octava, inmediatamente después del primer do, y los elementos que permiten llenarlo se encuentran muy frecuentemente, ya sea en el do mismo, o en las vibraciones laterales emitidas por do.

Por esta razón una octava descendente se desarrolla mucho más fácilmente que una octava ascendente; y después de pasar el si, llega a fa sin obstáculos; aquí es necesario un choque suplementario aunque considerablemente menos fuerte que el primer «choque» entre do y si.

Podemos ver el primer ejemplo completo de la ley de la octava en la gran octava cósmica que nos llega en la forma, del rayo de la creación.

El rayo de creación parte del Absoluto.

El Absoluto es el Todo.

El Todo, que posee unidad plena, voluntad plena y conciencia plena, crea mundos dentro de sí mismo," y comienza así la octava cósmica descendente.

El Absoluto es el do de esta octava.

Los mundos que el Absoluto crea en sí mismo son el si.

El «intervalo» entre do y si se llena en este caso por la voluntad del Absoluto.

El proceso de creación continúa desarrollándose por la tuerza de su impulso original, y bajo el efecto de un choque adicional.

Si pasa a La, que para nosotros es nuestro mundo estelar, la Vía Láctea.

La pasa a sol, nuestro Sol — el sistema solar.

Sol pasa a fa, el mundo planetario.

Y aquí, entre el mundo planetario tomado como un todo y nuestra Tierra, ocurre un «intervalo».

Esto significa que las radiaciones planetarias que llevan varias influencias a la Tierra no pueden alcanzarla o, para hablar más correctamente, ellas no son recibidas; la Tierra las refleja.

Con el fin de llenar el «intervalo» que hay en este punto del rayo de creación, se ha creado un dispositivo especial para recibir y transmitir influencias que vienen de los planetas.

Este dispositivo es la vida orgánica sobre la Tierra.

La vida orgánica transmite a la Tierra todas las influencias destinadas a ella y hace posible el crecimiento y el desarrollo ulterior de la Tierra, que es el mi de la octava cósmica, y luego el de la luna o re, después de lo cual viene otro do, la Nada.

Entre el Todo y la Nada pasa el rayo de creación.

Ustedes conocen la oración que comienza con estas palabras:

«Dios Santo, Dios Fuerte, Dios Inmortal».

Esta oración es un vestigio del antiguo conocimiento.

Dios Santo significa el Absoluto o Todo.

Dios Fuerte significa también el Absoluto o Nada.

Dios Inmortal significa lo que está entre los dos, esto es las seis notas del rayo de creación, con «la vida orgánica».

Los tres juntos hacen uno.

Esto es la coexistente e indivisible Trinidad.

Debemos ahora detenernos en la idea de los «choques adicionales» que permiten a las líneas de fuerza alcanzar la meta proyectada.

Como ya lo dije, pueden ocurrir choques accidentales.

Por supuesto el accidente es una cosa muy incierta.

Pero aquellas líneas de desarrollo de fuerzas que son enderezadas por accidente, y que el hombre puede a veces ver, o suponer, o esperar, mantienen en él más que cualquier otra cosa la ilusión de líneas rectas.

Es decir, creemos que las líneas rectas son la regla y las quebradas e interrumpidas la excepción.

Esto suscita en nosotros la ilusión de que es posible hacer; de que es posible alcanzar una meta proyectada.

En realidad un hombre en su actual estado “no puede hacer nada”.

Si por accidente su actividad produce algún resultado, que sólo se asemeja en apariencia o en nombre a la meta original, un hombre se afirma a sí mismo y afirma a los otros que ha conseguido la meta que se había propuesto y llega a pretender que cualquiera es capaz de alcanzar su meta — y los demás le creen.

En realidad esto es una ilusión.

Un hombre puede ganar en la ruleta.

Pero esto sería un accidente.

El alcanzar la meta que uno se había propuesto en la vida o en cualquier campo de actividad, es un accidente del mismo orden.

La única diferencia es que en la ruleta, al menos el hombre sabe sin equivocarse si ha ganado o perdido en cada apuesta.

Pero en las actividades de su vida, sobre todo en las que tengan una resonancia social, cuando han pasado varios años entre el comienzo y el resultado de una acción, un hombre puede engañarse a sí mismo muy fácilmente y tomar el resultado «obtenido» por el resultado deseado, es decir, creer que ha ganado cuando al final de cuentas ha perdido.

Para un «hombre-máquina» el mayor insulto es decirle que no puede hacer nada, que no puede llegar a nada, que nunca podrá acercarse a ninguna meta y que al esforzarse hacia una meta, inevitablemente hace aparecer otra.

Y en realidad esto no puede ser de otra manera.

El «hombre-máquina» está a merced del accidente, del azar.

Sus actividades pueden caer por azar en un canal trazado por fuerzas cósmicas o mecánicas y pueden continuar en él, por azar, por algún tiempo, dando la ilusión de que se ha alcanzado cierta meta.

Tal correspondencia accidental de resultados y de metas que nos habíamos asignado, en otras palabras, el éxito en ciertas pequeñas cosas, que no pueden tener consecuencia alguna, produce en el hombre mecánico la convicción de que es capaz de alcanzar cualquier meta, que es «capaz de conquistar la naturaleza» como lo pretende, que es capaz de «hacer» algo con su vida, etc.


De hecho, por supuesto es incapaz de hacer nada, porque no tiene ningún control, no sólo sobre las cosas que están fuera de él, sino sobre las que están en él mismo.


Esta última idea debe ser claramente comprendida y bien asimilada; al mismo tiempo hay que comprender que el control de las cosas exteriores comienza por el control de lo que está en nosotros, por el control de nosotros mismos.

Un hombre que no puede controlarse, es decir que no puede controlar lo que pasa en él, no puede controlar nada.

¿Cuál es el método para obtener un control?

La parte técnica de este método puede ser explicada por la ley de las octavas.

Las octavas pueden desarrollarse de manera consecuente y continua en la dirección deseada si los «choques adicionales» intervienen en el momento necesario, es decir cuando se produce una retardación de vibraciones.

Si los “choques adicionales” no intervienen en el momento necesario, las octavas cambian de dirección.

Naturalmente, no se trata de esperar que los «choques adicionales» vengan por sí mismos del exterior, en el momento preciso.

Le queda entonces al hombre la siguiente elección: o encontrarle a sus actividades una dirección que corresponda a la línea mecánica de los acontecimientos del momento, en otras palabras, «ir por donde sopla el viento», «seguir la corriente», aun si esto contradice sus propias inclinaciones, sus convicciones, sus simpatías; o bien, resignarse a la idea del fracaso de todo lo que emprenda.

Pero hay otra solución: un hombre puede aprender a reconocer los momentos de los intervalos en todas las líneas de su actividad, y a crear los «choques adicionales»; en otras palabras, puede aprender a aplicar a sus propias actividades el método que usan las fuerzas cósmicas cuando crean los «choques adicionales» cada vez que son necesarios.

La posibilidad de los choques adicionales artificiales, es decir especialmente creados, da un sentido práctico al estudio de la ley de las octavas, y hace este estudio obligatorio y necesario para el hombre que quiere salir del papel de espectador pasivo de lo que le sucede y de lo que pasa alrededor de él.

El «hombre máquina» no puede hacer nada.

Para él, como alrededor de él, todo sucede.

Para hacer es necesario conocer la ley de las octavas, conocer los momentos de los intervalos, y ser capaz de crear los «choques adicionales» necesarios.

Ouspensky

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